Cuando una deuda empieza a crecer, nubla. Casi ningún endeudado sabe exactamente cuánto debe, ni a qué tasa de interés. “Empecé a hacerlo porque me convenía, en compras chiquitas en el kiosko y en otras más importantes en el supermercado, y un día se me fue de las manos”, explica Esteban, un docente argentino de clase media de 37 años. “Ahora no sé cuánto debo, pero tampoco sé cuánto pagué. Tengo deudas en las dos tarjetas, un crédito estatal que no me preocupa y también en MercadoPago (una billetera virtual)”.
Esteban forma parte del 60% de la población adulta endeudada en Argentina, unas 20,5 millones de personas, según los últimos datos disponibles del Banco Central de la República Argentina (BCRA).
También pertenece al grupo del 11,2% de hogares morosos, con deudas que no pueden pagar. La cifra lleva 16 meses al alza, y alcanzó en febrero el valor más alto desde 2004. En poco más de un año de gobierno de Javier Milei, el porcentaje de personas que entraron en irregularidad con el pago de una deuda se cuadruplicó (en octubre de 2024, la tasa era apenas del 2,5%).
“El dato consolida la idea de que hay una economía con récord de PBI e incluso con récord de consumo privado, pero que al mismo tiempo está mostrando dificultades para derramar en amplios sectores de la sociedad”, analiza la consultora económica 1816.
Endeudarse para sobrevivir
Esta problemática del endeudamiento no es del todo ajena para los chilenos. La novedad en el caso argentino es la vigorosidad del aumento y la naturaleza del crédito. “La particularidad es que es un endeudamiento para sobrevivir”, explica Luci Cavallero, socióloga integrante de la agrupación Movida Ciudad, enfocada en la defensa de la vida frente al endeudamiento.
A diferencia de Chile, país en el que la conversación sobre el nivel de crédito se encuentra más instalada en el debate público, con énfasis en las deudas con el sistema educativo, Argentina es un país sin cultura del crédito.
La mayor irregularidad se concentra en préstamos personales —con entidades bancarias y no bancarias— que son los que mayor irregularidad registran (12%), muy por encima de los hipotecarios o los vinculados a la compra de bienes durables como automóviles (por debajo del 5%).
Celeste tiene 26 años, es empleada de casas particulares y cuenta con cuatro deudas al mismo tiempo: dos con bancos, una con una billetera virtual y otra con un familiar. Se endeudó primero para pagar el alquiler, después para ir al supermercado. “No es que gasté en algo que no necesitaba. Ahora sólo trabajo para no tener más deudas. Ni pienso en poder pagarlas próximamente”, cuenta a BioBioChile.
El perfil de Celeste, joven con empleo formal pero ingresos insuficientes, es cada vez más común. Los endeudados ya no son solo los sectores de ingreso medio-alto que históricamente accedían al crédito bancario formal. Hoy crecen las deudas con entidades no financieras como las fintech que, a tan solo un clic de distancia, representan un 17% del total de préstamos a familias.
“Llama la atención el rol cada vez más preponderante de las empresas financieras no bancarias”, señala a BioBioChile Ariel Wilkis, doctor en Sociología y decano de la Escuela IDAES de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM), quien estudia desde hace años el fenómeno del endeudamiento familiar.
Las causas del endeudamiento
Wilkis y Cavallero identifican tres causas que se encadenan. La primera es la caída sostenida del ingreso real. La desregulación de los principales precios de la economía doméstica —tarifas de servicios públicos, prepagas, alquileres— convirtió lo que antes era una deuda circunstancial, para un consumo en particular, en una deuda permanente. “Se toma deuda porque la plata no alcanza”, resume Cavallero.
Este motivo, a su vez, genera un agotamiento de las redes de contención tradicionales: “La caída de ingresos es sistémica. En otro contexto, frente a una deuda, uno le pedía a un familiar. Hoy las redes familiares de amplios sectores sociales están ellas mismas agotadas, porque hay una feroz caída del ingreso, y se debe acudir a fintech o prestamistas, con tasas de interés muy altas”, asegura Wilkis.
Desde que Milei asumió, el gobierno eliminó los topes a las tasas de interés punitorio —el que se aplica cuando no se paga ni el mínimo de la tarjeta— y quitó las sanciones a los bancos que no respetan las tasas de referencia del BCRA. Para las financieras y las fintech, no hay regulación. En la práctica, eso significa que una misma persona puede deber al 70% de interés anual en un banco, al 200% en una billetera virtual y hasta al 1.000% con un prestamista informal. La deuda crece más rápido que cualquier ingreso.
La tercera es una trampa del crédito. El año pasado, con la inflación a la baja, los bancos prestaron cada vez más, impulsados por un gobierno que veía en el crédito un motor para el consumo. Quienes tomaron ese crédito en un momento de estabilidad relativa quedaron atrapados: sus cuotas persisten con ingresos reales que se encuentran congelados o a la baja, dependiendo del sector de la economía en que se desempeñen.
“El agotamiento de la estabilidad macroeconómica está produciendo estas dinámicas. Los ajustes salariales y la retracción del crédito son dos fenómenos hoy largamente asociados a la estrategia económica del gobierno”, agrega Wilkis.
El desafío hacia adelante no será solo contener la morosidad, sino entender que el endeudamiento ya no funciona como puente al consumo, sino como sustituto del ingreso, con efectos cada vez más visibles sobre la dinámica económica y social.



